sábado, 7 de diciembre de 2013

ORAR ES APRENDER A REÍR Y BAILAR

"En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, saltó de gozo el niño en mi seno" (Lc 1,44).

María va a visitar a su prima Isabel que está embarazada de seis meses y, al saludarla ésta siente que el niño se le regocija en las entrañas. Ya podéis suponer que es una manera de expresar el gozo profundo que vive Isabel, y que Maria está tan llena del Espíritu de Dios que sólo su saludo contagia incluso a Juan en el vientre de su madre.

Este gozo es algo que descubrimos al orar cuando nos sentimos en las manos de Dios, enraizados en Él.

Orar es saltar de gozo, no dejando que la tristeza nos hunda y acobarde. Juan salta de gozo ya en el vientre de su madre y, así, toda su vida partirá y tendrá sentido a raíz de este hecho, como un don, un regalo anterior a ningún mérito ni esfuerzo para vosotros y para mi. De otra manera, se puede decir que Dios ha sonreído sobre nuestra vida antes de que naciéramos. Dios nos amaba antes de nacer. En este cariño de Dios se asienta nuestra confianza y nuestra responsabilidad de vivir saltando de gozo, es decir, no atrincherándonos pasivamente en la seguridad que nos da lo que ya tenemos aprendido, conocido, hecho o vivido. Saltar de gozo aunque temblemos de incertidumbre abriéndonos a lo nuevo.

Juan el Bautista saltó de gozo, fue fortalecido con el Espíritu Santo.

Orar es aprender a reír y bailar. Si, aprender a sonreír en todo momento, especialmente en la dificultad, porque la alegría ahuyenta la melancolía y "danzar" descongestiona lo que está agarrotado, bloqueado. Bailar como David ante el arca de la Alianza, como quien tiene un gran gozo dentro del cuerpo. Bailar como quien se deja llevar del Espíritu y pone en fuga el miedo al qué dirán y a lo que oprime.

¿Quién ha dicho que orar sea algo triste y aburrido? Miguel Martínez Calle - Riesgo de la confianza

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