miércoles, 22 de enero de 2014

SUMERGIDA EN ÉL EN ATENCIÓN AMOROSA.



El alma, guiada por la fe y por la caridad, 

siente a Dios en sí y sólo puede vivir sumergida en él,

 mirándole continuamente con atención amorosa. 

Aquí «atención» significa también encantamiento: 

su mirada interior está dirigida sin esfuerzo 

hacia el rostro del Padre, que le llena el corazón. 

La expresión «atención amorosa» revela una tensión

 psicológica creciente que desde las entrañas del ser

 se lanza a Dios; 

pero la tensión es sólo una respuesta: 

antes de que el alma se haya dirigido hacia la luz 

ha habido una atracción, una llamada, 

un toque por parte de Dios que le había elevado 

hacia sí infundiéndole la seguridad de su presencia 

y el gusto de algún atributo divino. 

Es la noticia de que habla difusamente 

Juan de la Cruz, convencido de que si el cristiano 

no es consciente de la señal de la presencia divina 

cae en equivocaciones dolorosas. 

De ahí su insistencia: 

«Pero conviene aquí saber que esta noticia general 

de que vamos hablando es a veces tan sutil 

y delicada, mayormente cuando ella es más pura 

y sencilla y perfecta y más espiritual e interior, 

que el alma, aunque esté empleada en ella, 

no la echa de ver ni la siente».

JUAN DE LA CRUZ, Subida

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