siente a Dios en sí y
sólo puede vivir sumergida en él,
mirándole continuamente con
atención amorosa.
Aquí «atención» significa también
encantamiento:
su mirada interior está dirigida sin esfuerzo
hacia
el rostro del Padre, que le llena el corazón.
La expresión
«atención amorosa» revela una tensión
psicológica creciente que
desde las entrañas del ser
se lanza a Dios;
pero la tensión es sólo
una respuesta:
antes de que el alma se haya dirigido hacia la luz
ha
habido una atracción, una llamada,
un toque por parte de Dios que le
había elevado
hacia sí infundiéndole la seguridad de su presencia
y el gusto de algún atributo divino.
Es la noticia de que habla
difusamente
Juan de la Cruz, convencido de que si el cristiano
no es
consciente de la señal de la presencia divina
cae en equivocaciones
dolorosas.
De ahí su insistencia:
«Pero conviene aquí saber que
esta noticia general
de que vamos hablando es a veces tan sutil
y
delicada, mayormente cuando ella es más pura
y sencilla y perfecta y
más espiritual e interior,
que el alma, aunque esté empleada en
ella,
no la echa de ver ni la siente».
JUAN DE LA CRUZ, Subida

No hay comentarios:
Publicar un comentario